Entretenimiento

Socorro.


( Esta es la versión de texto del más reciente video de Dark Paladin X )

Existió alguna vez un pueblo pequeño y pintoresco, estaba en medio de un valle rodeado de colinas boscosas. En ese pueblo vivía una mujer muy peculiar que llevaba por nombre: Socorro.

Era un día como cualquiera; sin un céntimo en sus bolsillos, sin nada en sus alhacenas, se aseó y se dirigió al centro del pueblo. Al llegar a la fuente de la plaza se dispuso a esperar. Y esperó… y espero… hasta que una mujer se le acercó y le dijo – Buenos días, ¿Estás lista? – Socorro no dijo nada, solo asintió y ambas se dirigieron entonces hacia la casa de la mujer, Doña Petra.

Una vez llegaron allí, Socorro entró en la cocina y se puso a lavar los trastes sucios que había; después de lavarlos, los secó y los colocó en su lugar. A cambio de ello Doña Petra le dio un pequeño vaso de leche y un pedazo de pan. Al terminar de comer, Socorro hizo una leve reverencia, estrechó la mano de Doña Petra y salió de ahí.

Nuevamente se dirigió hacia el centro del pueblo, donde esperó y esperó. A eso del mediodía se apareció entre los caminantes, Juan el carpintero; se le acercó – Socorro, buena tarde – le dijo – ¿Podrías cuidar a mis pequeños mientras mi mujer y yo vamos al mercado del otro pueblo? – nuevamente Socorro no dijo nada, solo asintió y lo siguió hasta su casa.

Pedro y su mujer tenían dos hijos: una niña, la mayor, y un niño, el pequeño. Eran por lo general muy bien portados; Socorro se limitaba a verlos jugar y solo intervenía si las cosas comenzaban a ponerse pesadas o si se acercaban a algún peligro.

Mientras jugaban, una expresión indescifrable se veía en su rostro, sobre todo en sus ojos, esos mismos ojos que un día vieron al mundo con arrogancia e ironía.

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Cuando joven, Socorro estuvo rodeada de pretendientes, los cuales fueron bellos y poderosos; hijos de hacendados y terratenientes de las comunidades de cerca y de lejos. Siendo, como era, de inigualable belleza, jamás los consideró dignos siquiera de una sonrisa.

Regalos, promesas y propuestas vinieron a ella de todos los rincones de la comarca, pero ninguno fue correspondido. Ni la belleza ni la riqueza son eternas y al pasar de los años Socorro se volvió vieja, amargada y gastó casi toda su fortuna. Los demás pueblerinos la trataban con recelo, algunos incluso con franca agresividad y rencor. Ella no habló ni se acercó a nadie durante años y años, salvo para lo más elemental, lo cual solo empeoró la situación.
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Pasadas unas horas, Pedro y su mujer volvieron a casa. Un pedazo pequeño de carne, un plato de sopa y un efusivo agradecimiento de los niños, y desde luego de sus padres, fue lo que Socorro recibió esa tarde. Salió de allí y una vez más sus pasos la llevaron hacia el centro del pueblo. Un viento húmedo soplaba, nubes grises presagiaban una noche fría.

María regresaba entonces de los campos, ya la tarde comenzaba a dar paso a la noche. En su rostro se reflejaba el cansancio de la dura jornada. Se acercó a Socorro, y ambas cruzaron la mirada. Una misteriosa sonrisa se dibujó en la cara de María y allí permaneció por unos instantes, después se alejó… con Socorro a sus espaldas.

La casa de María se encontraba en las afueras del pueblo, la zona más humilde. Al llegar a ella, sin mediar palabra, Socorro se dirigió a unas cajas y tomo algo de pasta, un par de jitomates casi marchitos, un par de papas, una pizca de sal y agua de una cubeta. Se puso entonces a preparar una sopa y asar las papas en un comal pequeño que había por allí.

Cuando llegó el marido de María, Márcos, se limito a decir – Buena Tarde – sin dirigirse a nadie en particular. Al cabo de unos minutos la sopa y las papas finalmente estuvieron listas. Se sentaron los tres a la mesa y mientras comían, María y Márcos platicaban un poco de su día en los campos, y en los establos de Don Felipe. Escuchándolos, aquella expresión peculiar volvió al rostro de Socorro.

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Un buen día, salió de su casa y comenzó a cargar todas las cosas de valor que le quedaban en una carreta que dirigió después hacia el centro del pueblo. Una vez allí comenzó a regalarlas a quienes pasaban. Entre quienes recibían sus posesiones estaban aquellos que menos tenían y a quienes ella siempre había visto como una molestia.

El tiempo siguió su marcha, la historia de Socorro se volvió conocida a lo largo y ancho de toda la región. La loca que regaló sus posesiones, el bello ángel que terminó convertido en arpía.
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Al terminar de cenar, Socorro recogió los trastes, los dejó en el lavadero y después se dirigió a la puerta. Antes de salir estrecho las manos de ambos y después cruzó el umbral hacia la noche. Márcos y María la vieron alejarse con una sonrisa de agradecimiento y afecto en sus rostros cansados, ellos entraron en su casa hasta que Socorro se perdió entre las sombras.

Cruzó el pueblo, en dirección a la choza que ahora llamaba su hogar y que en realidad solo utilizaba para dormir. Iba cansada, pero al mismo tiempo extrañamente ligera, como si un peso inmenso hubiese sido quitado de sus viejos hombros.

Quienes la veían pasar por lo general mostraban extrañeza, algunos otros algo parecido a la comprensión. Aquellos que de ella, años atrás, habían recibido lo mejor de lo que fueron un día sus riquezas tenían en su rostro una mirada adusta y desconfiada, quizá sentían que no merecían lo que un día les regaló.

Al llegar a la puerta de su choza, Socorro volvió la vista atrás, con esa misma expresión indescifrable, que ahora se tornaba en alivio e inmensa felicidad, mientras la noche con su manto todo lo envolvía. Era como si desde que vivía al día, desde que compartía un pedacito del pan y la vida de aquellos a quienes tiempo atrás despreció, estuviese más viva y fuese más rica que nunca.

Se volvió nuevamente hacia la puerta, la cerró detrás de si y se dispuso a asearse una vez más dejando entre las gotas de agua el cansancio acumulado del día.

Quizá mañana sería parecido o quizá sería diferente pero, como hoy, no habría necesidad de palabras; miradas y sonrisas bastarían para comunicarse. Si hablaba, quizás el hechizo se rompería. Lo único cierto era que un nuevo fragmento de vida sería recuperado. Con esta idea se relajó, cerró lo ojos y se durmió casi de inmediato ansiosa de que llegara el nuevo día.

Muchas gracias por acompañarme una vez más, espero que este pequeño relato haya sido de su agrado. Recuerden que todos los jueves, cada dos semanas, comparto con ustedes una nueva idea; también recuerden compartir este video con sus amigos y conocidos, seguir las redes sociales del canal y suscribirse.

Los espero en un par de semanas. Hasta entonces.

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(Originalmente publicada el 10 de abril de 2013)

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