Sociedad Feudal

Pioneros – Parte 1


( Esta es la versión de texto del más reciente video de Dark Paladin X )

Hola, bienvenidos.

Como les comenté anteriormente, durante mi último viaje a la ciudad de Querétaro pude hospedarme con unos amigos que radican allí. Desde luego estuve muy agradecido con ellos por darme posada durante un par de días.

Pues bien, hace algunos meses decidieron cambiarse de casa y a inicios de este año finalmente lo hicieron. Durante mi estadía me platicaron algunas de las experiencias que han tenido durante este proceso y hoy quiero compartirlas con ustedes.

Pioneros.

Con la llegada de su primer hijo, quedó claro que el espacio que tenían ya no era suficiente, de manera que un cambio era necesario. Lo planearon desde mediados del año pasado y finalmente lo ejecutaron a inicios de este.

Vivían en un fraccionamiento, más o menos cercano a la terminal de autobuses de la ciudad, y decidieron mudarse a otro, un poco más retirado, pero cuyas casas son más grandes.

Es un lugar simpático y la nueva casa que habitan me pareció agradable. Tanto en su casa como en el resto del fraccionamiento seguía sintiéndose un ambiente de, digamos, pioneros.

Este fraccionamiento es muy nuevo y podríamos decir que prácticamente no hay nada cerca, aunque si consideramos que la ciudad en si aún no es muy grande, nada está realmente lejos.

Pero el asunto sigue siendo que no hay centros comerciales, lugares de entretenimiento, vamos ni un Oxxo en las cercanías, siendo que donde vivían previamente ya tenían todo a la vuelta de la esquina.

Hace años, cuando recién se fueron a vivir a Querétaro, también estuvieron en calidad de pioneros por algún tiempo. Los visité unos meses después del cambio y buena parte del lugar seguía deshabitado, los parques y las áreas públicas estaban sin terminar, lo mismo que las varias plazas comerciales que había en las cercanías.

Si no recuerdo mal, una de las cosas más difíciles a que adaptarse fue la falta de locales de venta de comida. Viniendo de la Ciudad de México, donde en ciertas zonas uno encuentra taquerías y puestos de antojitos casi en cada esquina, el cambio sin duda fue duro para ellos.

Años después la situación parecía repetirse, pero en esta ocasión comenzó a ocurrir algo bastante curioso, que es el meollo de lo que quiero platicarles.

Una relación peculiar.

Ser pionero no debe ser fácil. La última mudanza que mi familia y yo experimentamos fue hace más de una década; y viviendo en la Ciudad de México realmente no hay muchos lugares donde pueda uno decir “no hay nada”.

Por otro lado, yo nunca he sido parte de un desarrollo habitacional semejante, de un condominio horizontal.

Según tengo entendido, este tipo de viviendas y la relación que implica entre sus habitantes, ser un condómino, es algo relativamente nuevo en el país. Una búsqueda rápida nos arroja que data de 1975 y que fue inicialmente promovida por el INFONAVIT como respuesta al crecimiento urbano desordenado. *

Hay toda una historia sobre este tema, muy interesante por cierto. Yo mismo tomé un trimestre de urbanismo moderno en la universidad, pero eso escapa al ámbito de este video.

Sirva decir que ser un condómino, dueño compartido de un espacio, otorga varios derechos y también acarrea varias responsabilidades.

En este tipo de vivienda, o por lo menos en los que han habitado mis amigos, existen áreas comunes, reglamentos internos, consejos de administración y algunas monerías más.

Si bien esta es una forma de vivienda relativamente nueva en México, es una que lleva varios años tomando por asalto las afueras de Querétaro. Lo primero, al mudarse a uno de estos fraccionamientos, es elegir a la administración.

Mis amigos, y varios de aquellos con quienes comparten el espacio, ya tienen experiencia previa con este tipo de vivienda; pero siendo Querétaro un lugar al que muchos habitantes del Estado de México, Michoacán, Guanajuato, San Luís Potosí y, desde luego, la Ciudad de México, están escogiendo como un nuevo inicio, también hay quienes nunca habían experimentado algo semejante.

Desde luego esto generó fricciones al momento de la elección de la administración y, posteriormente, la definición del reglamento interno.

En mi experiencia personal, limitada lo admito, ni la colonia tradicional ni la vecindad o “el barrio” llegan a fomentar la organización y convivencia de la misma manera que lo hacen los condominios, sobre todo si son “cerrados” como este; es decir: existe una vía única de acceso y se encuentra resguardada por seguridad privada contratada por los condóminos.

Un microcosmos.

Los espacios comunes del lugar: áreas verdes, de recreación y ejercicio, o para eventos, deben ser cuidados y mantenidos por todos, vía una cuota mensual acordada por los condóminos y ajustada según sea necesario.

El uso del área de eventos debe ser solicitado con antelación, vía una petición a la administración.

Por contraste, en “el barrio”, por lo menos al sur de la Ciudad de México, si alguien quiere hacer una fiesta y no tiene espacio propio ni quiere rentar un salón, simplemente cierra la calle frente a su casa, sin avisarle a nadie, coloca una lona, mesas y equipo de sonido y listo.

Claro puede invitar a los vecinos, pero eso es opcional y prácticamente nunca los consulta previamente.

Cualquier falta al reglamento interno o uso indebido de las áreas comunes, previamente reportada a la administración, puede acarrear una sanción, administrativa o económica.

Dicha sanción es acordada entre los condóminos en alguna de las reuniones regulares o en alguna extraordinaria solicitada por alguno de ellos o por la administración.

Pueden establecerse, según surja la necesidad, otros lineamientos, actividades o gastos. Por ejemplo: los niveles de ruido aceptables durante algún evento o celebración, la velocidad a la que deben circular los vehículos por las calles internas, la contratación de ciertos servicios especiales, por ejemplo para reparaciones o mantenimiento de las áreas comunes, etcétera.

Uno, siendo muy inocente o muy poco informado, podría pensar que lo que he descrito hasta ahora no tiene nada de particular, que así es como funcionan las colonias y los barrios con espacios de convivencia común como los parques, las calles y avenidas.

Que la administración, en tal caso, son las autoridades municipales, delegacionales o estatales, también electas por los habitantes. Que la cuota de los condóminos es el equivalente a los impuestos.

La seguridad en tal caso serían los cuerpos de policía local, estatal o federal, a quienes se les paga con dichos impuestos.

Basta con leer las notas de los diarios, mirar las que aparecen en la televisión o escuchar la radio; o mejor aún: mirar por la ventana o salir a la calle, para ver que, en buena parte del país, las cosas no están funcionando así.

El condominio del que les platico, como muchos otros similares, es en efecto una versión miniatura, un microcosmos dirían algunos, del tipo de organización y convivencia que muchos quisiéramos que ocurriera en el resto del territorio nacional.

Dada la evidencia disponible sobre diversas regiones del país, me permito afirmar que estamos fallando miserablemente en fomentar dicha convivencia. En acordar reglamentos, respetarlos y aplicar sanciones a los infractores.

Estamos fallando. La convivencia respetuosa y, preferiblemente, pacífica que muchos deseamos para las personas y las comunidades, no existe salvo en casos excepcionales.

¿A dónde quiero llegar con todo esto?. Resulta que en el condominio que hoy habitan mis amigos han experimentado ciertos eventos y circunstancias que, mientras me los platicaban, trajeron una enorme sonrisa a mi rostro y provocaron en mí algo muy parecido a la esperanza.

Formando comunidad (Parte 1).

Aún antes de llegar a habitar su nueva casa, los primeros condóminos que habitaron la propia, a finales del año pasado, se organizaron de manera informal para llevar a cabo una “posada navideña tradicional”.

Nuevamente esto no tiene nada de particular. En cientos de barrios, pueblos y colonias de todo el país esto ocurre año con año. PERO, usualmente ocurre en comunidades que ya tienen al menos un par de décadas compartiendo espacio e historia.

El hecho de que un nuevo asentamiento, un grupo pionero, formado por perfectos desconocidos entre sí, decidiera hacerlo, le dio a mis amigos un indicador bastante prometedor de lo que podría ser su vida en este lugar.

Más tarde, ya en posesión de su casa, y dado el relativo aislamiento en que se encontraba el fraccionamiento surgió, como les había ocurrido en el pasado reciente, el detalle de la comida.

No solo mis amigos sino varios otros condóminos enfrentaban la incapacidad de cumplirse un antojo de medianoche, salvo mediante la utilización del automóvil con el tiempo y los costos que ello implica.

Dado que el permiso para uso de suelo es habitacional, y que la plaza comercial a la entrada del fraccionamiento aún está por ser terminada, las opciones eran casi nulas.

Pero encontraron una solución.

Una de las vecinas tuvo la iniciativa de preparar comida casera, a la carta o por pedido, pero estaba el impedimento del uso de suelo.

Debido a que más de uno de los condóminos puede llegar a tener un antojo, o simplemente desear comer algo, sin la necesidad de tener que comprar los ingredientes y preparar la comida deseada, los condóminos decidieron aceptar la oferta de la vecina, clasificar sus propuesta como “servicio a la comunidad” y reglamentarla.

Se determinó que si bien podría vender comida, no podría ofrecer servicio de mesa en su casa, es decir, no podría tener clientes dentro. Tendría que ser comida para llevar.

Los condóminos establecieron entonces un grupo en WhatsApp, no solo para este fin sino como una vía de comunicación genérica, y de esta manera cualquier vecino interesado en adquirir comida casera hace su pedido mediante la aplicación y la vecina entrega de manera personal en la puerta del solicitante.

Un sistema simple y efectivo con el que la mayoría de los condóminos estuvo de acuerdo.

Mis amigos me comentan que ha resultado muy exitoso, que ahora la vecina oferta tres comidas al día y que prácticamente no pasa uno solo sin que agote sus existencias.

Desde que inició operaciones este sistema, como cabría esperar, han surgido otros servicios de comida que preparan botanas, postres y otras cosas. Ahora, los condóminos tienen acceso a una buena variedad de platillos.

Desde luego esto es un éxito comercial para quienes han decidido ofertar sus productos, pero es mucho más que eso.

Cualquiera con un conocimiento mínimo de la historia del mundo sabe del inmenso poder que ha tenido y tiene el comercio, no solo para el beneficio económico de quien vende, sino para quienes compran y en más de un aspecto.

El comercio ha sido y es una de las grandes fuerzas modeladoras de la historia, aún antes de lo que hoy conocemos como globalización. En la escala del lugar que nos ocupa, no ha sido la excepción.

Este sistema ha permitido que la relación entre los condóminos, no solo con quienes venden comida y servicios, sino entre sí, se haya vuelto un poco más cercana cada vez. Compartiendo entre ellos platillos favoritos, intercambiando recetas y demás, no solamente vía la aplicación, sino frente a frente.

El sistema de comunicación implementado, al ser genérico, ha servido también para organizar otro tipo de actividades.

Por ejemplo: una celebración por “el día del niño” a la que, según entiendo, asistieron la mayoría de los condóminos con hijos y varios que incluso ni siquiera tienen uno. Para ello se contrato los servicios de quienes ofrecen comida, postres y botanas.

También se utiliza para discutir de manera informal, o formal, según sea la necesidad o el tema, diversos asuntos de relevancia para la comunidad. Por ejemplo: reportar violaciones al reglamento interno y otras cosas similares.

Una de las situaciones que me platicaron, y me pareció curiosa y hasta enternecedora, es la siguiente:

En uno de tantos días, ya por la noche, se encontraban un par de vecinos platicando frente a la casa de uno de ellos. En eso se les acerca otro, que hasta donde me dijeron vive solo, a pedirles que por favor le prestaran algunos ingredientes para cocinar.

Por cuestiones de tiempo y carga de trabajo había olvidado pasar al centro comercial que le quedaba de camino a comprarlos. Se lo veía cansado y hacía la petición con una mezcla de amabilidad e inquietud.

¿Se iría esa noche a dormir con el estómago vacío?

Uno de los vecinos que platicaban se compadeció de su situación y lo invitó a su mesa, para que cenara con él y su familia.

Yo pensaría que este tipo de situaciones pueden ser comunes entre personas que ya han compartido muchos años de vecindad y tiene una historia compartida amplia y sólida.

El hecho de que se haya dado entre personas que en ese momento eran prácticamente desconocidos me causo una muy grata impresión.

Otros eventos semejantes, grandes y pequeños, fueron parte de las pláticas que sostuve con mis amigos durante mi estancia con ellos. Hay algunas situaciones y reflexiones más que quiero compartirles dado que me parecen interesantes y alentadoras, pero eso tendrá que esperar a la próxima semana.

Espero quieran acompañarme. Hasta entonces.

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