Día de Muertos

Reflexiones sobre la muerte: El más allá.

«Nadie quiere morir. Incluso quienes quieren ir al cielo no quieren morir para llegar allí. Y sin embargo, la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie la ha evitado jamás. Y eso es tal y como debe ser, porque LA MUERTE es muy posiblemente la mejor invención de esta vida. Es el agente del cambio. Elimina lo viejo, para hacer espacio a lo nuevo.» – Extracto del discurso ofrecido por Steve Jobs en junio de 2005 en Stanford. Traducción libre por DKPX.

Saludos estimados lectores y bienvenidos una vez más a este espacio. En esta tercer entrega de mi serial: Reflexiones sobre la muerte, quiero compartir con ustedes un par de ideas sobre un concepto que ha ocupado las mentes de miles de millones de seres humanos a lo largo de toda la historia de nuestra especie: El más allá.

¿Qué hay después de la muerte? ¿Existe algun lugar a donde nuestra conciencia, nuestro espíritu, vaya a dar cuando la vida termina?. Mentes de muchos lugares, de todo tipo, grandes y pequeñas, han tratado de dar respuesta a estas preguntas, y varias otras similares. Como siempre, mis aportaciones a este interesante temaa serán insignificantes sin duda. No es un tema que me haya llamado especialmente la atención, seguramente hay muchos materiales que lo cubren de una u otra forma, pero la verdad es que los desconozco.

Mis ideas en este tema, como en muchos otros, provienen de las preguntas que yo mismo me he planteado a lo largo de los años, y de las propuestas de respuesta que mi mente, con conocimiento limitado, ha podido elaborar. También de mi formación religiosa, de mis experiencias con la muerte de familiares, amigos y/o conocidos y que, afortunadamente, han sido pocas, hasta ahora.

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Bien, entrando en materia, de acuerdo a la tradición católica, que deriva de la Judeo-Cristiana, todos los seres humanos somos poseedores de un “alma”. Es esta alma algo que nos permite estar vivos y ser concientes de quienes somos y de lo que hacemos. Una parte de la “divinidad” hecha carne, y como tal, inmortal.

Así pues, se habla en la Iglesia Católica Apostólica Romana de paraisos, lugares donde las almas dignas gozarán de felicidad eterna, después de la “Venida del Señor”, y de purgatorios, lugares donde las almas impuras, pero con potencial de redención, pueden esperar el juicio, después del cual ascenderán al paraiso o serán condenadas al tormento eterno.

Series de oraciones, como El rosario, o rituales como El Novenario, son practicados por los creyentes para solicitarle a su deidad que tenga misericordia del alma del recien fallecido quien, siendo humano, es imperfecto y en definitiva terminará en el purgatorio, esperando su juicio para acceder a alguno de los dos “destinos eternos” que les comentaba hace un momento.

En el pasado prehispánico de nuestro país, en las diferentres civilizaciones que habitaron esta tierra, ya existian concepciones de un “más allá”, aunque sólo nos han llegado ecos de estas. En varias de las diferentes religiones del mundo también hay concepciones de un lugar, un plano, o una dimensión, más allá de la vida terrena. Muchos miles de millones de humanos creen firmemente que hay algo más allá de la vida, pues de no haberlo ¿Qué consuelo les queda?.

Para muchas personas, a lo largo de toda la historia de nuestra especie, la vida siempre ha sido ardua, difícil y, en muchas ocasiones, injusta. De manera que inevitablemente se han buscado formas, reales o imaginarias, de lograr un balance. Esta idea, más o menos reciente, del premio eterno a una vida “buena”, o del tormento infinito, e igualmente eterno, a una vida “mala”, disoluta, ha hecho soportable el paso por esta vida para aquellos que creen en tales premios o castigos.

Ustedes y yo sabemos de personas que, con la mira puesta en la “otra vida”, llevan a cabo grandes sacrificios y soportan grandes penas en esta vida terrena. Algunas de ellas buscan ayudar a tantos como puedan para alcanzar dicho premio, pero otras simplemente pasan de largo, sufriendo voluntariamente de privaciones o haciendo méritos y demás. Sabemos también que esta idea de la eternidad lleva a pensar que hay una “justicia superior” que se encargará de sopesar nuestras acciones y actuar en consecuencia cuando “llegue el momento”.

Castigo y humillación para los malos, premio y enaltecimiento para los buenos. Es mi impresión, que al tener la vista puesta en “el más allá”, muchos se olvidan de que lo único que sabemos de cierto es que en este momento ustedes y yo estamos vivos. Pienso que, en la esperanza de esta “justicia superior”, muchos deciden no buscar, ni mucho menos ayudar a construir y mejorar, la justicia terrena. Justicia que en efecto es y será imperfecta, como lo somos todos, pero que es lo único sobre lo que podemos tener alguna certeza.

Muy respetables las creencias de cada quien, pero es nuevamente mi impresión que, para aquellos tan preocupados por la eternidad, esta vida deja de tener mucha importancia, mucho sentido, para esas personas esta vida pierde mucho de su belleza. Puedo yo, y muy seguramente ustedes también, hablarles de varias personas que, en la esperanza de una convivencia pacífica y eterna en el más allá, hacen para sus semejantes un verdadero infierno en esta tierra.

Muchos de nosotros hemos decidido, por las razones que ustedes quieran, alejarnos de los sistemas de creencia establecidos; y como tal, también nos hemos alejado de la noción de “más allá” que estos ofrecen a sus fieles. Ante esto, cuando el fin de la vida se acerca, no tenemos más que la incertidumbre sobre si en efecto hay algo después. Pero también tenemos la certeza de que esta vida es única y finita, y que cualquier premio o castigo que vayamos a obtener, depende fundamentalmente de lo que hagamos, en conjunto con las circunstancias del momento. Circunstancias que, de manera más que frecuente, escapan a nuestro control

Sin duda es difícil, y en ocasiones doloroso, enfrentarse a esta vida, y su inminente final, sin la red de protección que ofrecen los diferentes credos, sus sistemas de premios y castigos eternos, su “justicia superior” y su “más allá”. A pesar de todo, muchos así lo hemos decidido. Y muchos vamos por la vida, la única que conocemos, tratando de vivirla de la mejor manera posible y en paz con nuestros semejantes. Pero también hay otros, que ante lo impredecible y a veces injusto de esta vida, transitan por ella buscando sacar el máximo provecho de la forma más rápida popsible, sin importar a quien tengan que destruir en el proceso.

Muchas personas atan sus deseos e instintos más oscuros, en la esperanza de evadir el catigo y en cambio recibir el premio eterno. Muchas otras hacemos lo propio sin esperar premio alguno, simplemente porque lo consideramos lo correcto. Hay quienes, creyendo en esa “justicia superior”, creyendo en ese sistema de premios y castigos, llevan una vida agresiva y disoluta en la esperanza de que una buena acción, un arrepentimiento, de último minuto les permita alcanzar la redención y el perdón.

Hay quienes, los más peligrosos, sin tener en cuenta justicias, terrenas o divinas, ni castigos, temporales o eternos, van por esta existencia buscando saciar todos y cada uno de sus deseos e impulsos, sin importarles lo medios por los cuales sacían sus caprichos, sin importar consecuencia alguna.

Cierto es, como ya he dicho, que la vida es única y finita, y como tal ha de aprovecharse y valorarse, independientemente de si existe o no un “más allá”. Pero pienso que vivir una vida “al máximo” a costa de la tranquilidad y/o la vida de otros, no es algo que para mi valga la pena. Y tu, estimado lector, ¿Cómo es que has llevado tu vida hasta este momento? y más importante aún ¿Qué esperas dejarle a este mundo y/o llevarte al final de ella?

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Fuente de la imagen

PD: A principios de este año la muerte estuvo muy cerca de mi y de mis seres queridos. Entonces decidí que este més de noviembre compartiría en este espacio algunas reflexiones relacionadas con la única certeza de esta vida: su final. Espero, estimado lector, que quieras acompañarme una vez más la próxima semana cuando concluiré con estas reflexiones. Hasta entonces.

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